No vine a mirar, vine a escuchar el paisaje islandés

J. Cruz García Albarado presenta No vine a mirar, vine a escuchar el paisaje islandés, una narrativa de su experiencia en Islandia desde la perspectiva de la arquitectura del paisaje y la arteterapia. A través de distintos escenarios, explora la escucha como una forma de reconocer los ritmos de la naturaleza, la memoria de los lugares y las emociones que despiertan.

A principios de septiembre de 2026, viajé a Islandia con una libreta, pinceles y acuarelas. Llevaba el deseo de escuchar aquellos paisajes del norte y dejarme sorprender. Al sentir el aire frío y contemplar las montañas, comenzó una conversación que registré entre palabras y bocetos. Escuchar significó atender al viento, al agua y a las emociones que surgían al detenerme: mi propio paisaje interior se revelaba.

En Reikiavik, la exposición Echolalia, de la artista Björk, me conmovió. En su obra Ancestress, una procesión atraviesa el paisaje islandés entre música, cuerpos y montañas. Mientras la contemplaba, mi madre apareció en mi memoria como protagonista, mi ancestra. Recordé su cariño y ese espíritu viajero que siento haber heredado de ella. Pensé en el origen y la identidad, sobre cuánto de quienes amamos permanece en nuestros gestos y en nuestra manera de recorrer el mundo. Así, aquellas colinas se enlazaron con mi historia.

En otra ocasión, encontré de manera inesperada la Casa Reciclada, un rincón mágico donde descubrí otra forma de escuchar. Entre metales oxidados y maderas talladas, me vi inmerso en un paisaje de contrastes: esculturas de presencia enigmática frente a un mar azul intenso y tranquilo, bajo un cielo despejado y entre vegetación arbustiva.

Regresé al día siguiente y me permitió explorar con curiosidad ese mundo de historias. El viento hacía sonar algunas esculturas; los rostros de las máscaras parecían hablar de mis miedos y alegrías. Dibujarlos me acercó a lo que aquel lugar despertaba en mí. Su atmósfera misteriosa guardaba una belleza que fui descubriendo al permanecer allí.

Otro día visité el jardín botánico de Reikiavik, cuyos anfitriones me invitaron generosamente a un recorrido con jardineros daneses. A finales del verano aún había flores. Caminar entre ellas y compartir conocimientos enriqueció mi encuentro con el paisaje y con quienes lo cuidan.

Desde mi práctica en arquitectura de paisaje, estas experiencias me recordaron que diseñar comienza por escuchar: reconocer los ritmos de la naturaleza, la memoria de los lugares y las emociones de quienes los habitan. Al proyectar un espacio, esta atención puede traducirse en recorridos que invitan a explorar, lugares para detenerse y una vegetación que permita percibir los cambios estacionales. Diseñar implica también cuidar las condiciones para que cada persona construya sus propios vínculos con el entorno.

Diseñar implica escuchar el paisaje y cuidar las condiciones para que cada persona construya sus propios vínculos con el entorno.

A través de las ventanas de mi hostal, contemplaba el mar y las montañas. El agua cambiaba con el viento: a veces tranquila, otras agitada. Frente a esa vista, realicé en línea la evaluación final de mi máster en arteterapia. Concluía tres años de esfuerzos y aprendizajes, con la emoción de abrir otra etapa de mi vida. El viaje adquirió así un sentido profundamente introspectivo, tanto que en un boceto escribí: «Cierro un camino y cruzo el umbral; algo de mí queda atrás, algo de mí comienza». Hoy sé que escuchar el paisaje también fue escuchar lo que empezaba en mí y que me da herramientas para diseñar espacios desde las emociones.

Semblanza del autor:

J. Cruz García Albarado (Cruzgaali) es doctor en Paisaje por la Universidad de Sheffield, profesor investigador del Colegio de Postgraduados y artista plástico. Su trabajo integra arte, ciencia y naturaleza, explorando las relaciones entre paisaje, emociones y bienestar, así como el diseño de jardines naturalistas y la conservación de la biodiversidad.