Paisaje e identidad

El ser humano es, en general, un indiferente perceptor del paisaje.

Es decir, un involuntario receptor de los múltiples y variados estímulos provenientes del lugar que habita. No obstante, es precisamente aquello que penetra al espíritu sin pasar por la razón, tocando las fibras más sensibles de los sentidos, lo que puede lograr ese nexo aparentemente inexplicable entre el individuo y su espacio vital; aquello que llamamos identidad. La identidad del paisaje natural en sí mismo, reside en la coherencia de sus elementos sabiamente entretejidos por la naturaleza.

Cenote Oxman
Fotografía: Andrea Schaffer, (CC BY 2.0) vía Flickr

La identidad del paisaje cultural es más compleja, pues se construye no solamente con la relación de elementos entre sí, sino primordialmente con la manera como los efectos de la acción humana se superponen o entrelazan con el medio original.

El concepto de paisaje se relaciona con la dinámica social y cultural del entorno cotidiano, donde el momento presente es una compleja mezcla de relaciones naturales, culturales y sociales; influenciada por la explosión demográfica, la urbanización sin límites, la extinción de los recursos naturales y el surgimiento de una conciencia ecológica masiva. En este contexto de globalización y homogeneidad cultural del mundo actual, se debe destacar la importancia del paisaje (tanto natural como antropogénico), como parte fundamental en el proceso de establecer una identidad particular para cada lugar del mundo y de las personas que lo habitan. En la medida de la valoración subconsciente que les otorga, el ser humano establece grados variables de compenetración con su entorno natural y cultural; como consecuencia, la identidad con el paisaje que habita será cercana o no, será duradera y firme, o fácilmente perecedera.

En un momento en que los contactos físicos son reemplazados por contactos virtuales, la comunicación tiende a perder su valor original que es el contacto a un nivel profundo con la/s otra/s persona/s y con el mundo que las rodea. En resumen, vivimos en un entorno de movilidad y desmaterialización, donde recuperar y mantener la identidad y el carácter propio de los lugares es cada vez más más esencial.

La identidad de las personas la generan las cualidades físicas, climáticas, ecológicas y geográficas, de un espacio determinado que, a través de su configuración natural o antropogénica, logran que el individuo sea consciente del lugar donde vive, dándole un sentido de pertenencia.

Actualmente, la noción de paisaje se ha vuelto ambigua y complicada por la superposición entre diferentes estructuras, imágenes y características diversas que a menudo se oponen desde el punto de vista de la tipología.

Campos de Agave
Fotografía: Mikhail – Pexels

De aquí que el paisaje resultante esté caracterizado por multiplicidad, variedad y discontinuidad estructural y espacial. Hay una necesidad urgente de imágenes significativas, para conseguir una identidad espacial que puede volverse representativa de la sociedad. El paisaje existente, a veces intervenido de forma incoherente y sin planificación ni regulación, necesita recuperar su identidad reinventándose.

La integridad y coherencia espacial es una condición esencial para construir un carácter local y una identidad en el contexto de la era digital presente, a través de la creación de un sello distintivo, de una especie de “marca” o concepto internacional que sea reconocible para propios y extraños. Aquí es donde el concepto de paisaje surge como el gran protagonista, al ofrecer elementos significativos que son y han sido asimilados por la comunidad, logrando que los individuos se identifiquen con ellos y que desde otros lugares también se les reconozca y distinga.

El diálogo perpetuo entre el paisaje y el ser que lo habita es recíproco. Es en este discurso donde la identidad se va adquiriendo y asimilando como parte de la cultura de cada individuo y de cada comunidad, por lo que es fundamental su correcto entendimiento, respeto y conservación.

Los paisajistas tienen la difícil tarea de rescatar, de devolver y de preservar las mejores cualidades de los espacios (ya sean naturales o urbanos) mediante intervenciones que resalten y potencien los atributos y particularidades más importantes de los paisajes, de manera que no se pierda la identidad que confieren a la colectividad, ni sean banalizados con fines turísticos o manipulados por intereses económicos.

Paisaje urbano

En las intervenciones urbanas desarrolladas en las dos últimas décadas, el patrimonio resultó ser la principal motivación de inversores y el punto de partida de los diseñadores, por medio de la identificación y el énfasis en el carácter regional o local del edificio, ya sea a través de un proceso de restauración o revitalización del patrimonio (por ejemplo, Emscher Park, Duisburg), o construyendo inmuebles icónicos en áreas o espacios sin identidad (por ejemplo, Bilbao, Valencia, Lyon).

En todos los casos, el objetivo fue la restauración y urbanización con coherencia espacial, la construcción de una “ciudad mosaico”, caracterizada por la sucesión de lugares con ciertos significados, enlazados en una red perceptible a nivel del espacio urbano, formando a través de la especificidad la identidad de la ciudad. En este contexto, se podría esbozar la idea de que la identidad urbana en la era de la información depende de la remodelación del paisaje urbano, tras la reestructuración de la ciudad.
Debemos recordar que la arquitectura es un hecho cultural que refleja en todo momento las condiciones y circunstancias bajo las cuales ha sido concebida y construida; de ahí que los edificios son, en forma individual o de conjunto, emisores estáticos que transmiten el particular mensaje de las ideas con que fueron proyectados.

Así, la nueva identidad debe relacionarse con la historia urbana, con el valor y el carácter de los lugares, con los elementos de especificidad que le dieron nacimiento hasta el establecimiento de los asentamientos humanos.

Paisaje natural

En el caso de los paisajes naturales, la tendencia invita a la conservación y/o creación de áreas protegidas, así como a la restauración de paisajes que fueron desatendidos o modificados perjudicialmente, ya sea por causas naturales o por la intervención humana. Los grandes protagonistas naturales son en sí mismos hitos de identidad: personajes maravillosos que están presentes e impregnan y determinan la vida de sus habitantes. La sierra Tarahumara, los cenotes mayas, las cascadas, los ríos y las formaciones naturales de cualquier tipo, son ejemplo de ello.

Por lo anterior, podemos afirmar que el paisaje, ya sea natural o urbano es el factor primordial de la identidad cultural. La estructura natural, el espíritu del lugar, el espacio coherente, el patrimonio existente y los objetos arquitectónicos, son los elementos que al unirse conforman el contexto de esta creación de identidad.

La imagen natural o urbana, sustentada por el fenómeno del acaparamiento del espacio vital por parte de la sociedad, debe convertirse en un sello, en una “marca” local, donde la continuidad espacial sea una cualidad esencial del paisajismo.

En estas circunstancias, resulta cada vez más clara y urgente la necesidad de prestarle atención y asignarle esfuerzos al cuidado del paisaje, lo que implica un proceso a través de acciones como conocimiento, comprensión, valoración, conservación, preservación, planificación, diseño, mantenimiento, salvaguarda o restauración. Todo lo anterior con el fin de mantener al paisaje en un estado en el que los innumerables elementos que lo componen, permanezcan equilibrada y armónicamente relacionados, pero, muy especialmente, para que las intervenciones se apoyen en el lugar natural y armonicen al punto de confundirse con él.

La percepción, la apreciación, el análisis y el conocimiento de la naturaleza de los lugares, juegan papeles fundamentales en la concreción de una identidad, pues es necesario conocer y comprender el propio entorno para apropiarse e identificarse con él.

Diseñar en pro de la calidad del paisaje equivale a aportar un grano de arena a la cultura, a través del mejoramiento del medio ambiente colectivo, a aportar al refuerzo de la identidad a través de la exploración y rescate de potencialidades aún sin aprovechar. De no hacerlo, estaremos condenados a perder nuestra esencia y particularidad, eso que nos hace únicos, diferentes y reconocibles para el resto del mundo.

“La percepción, la apreciación, el análisis y el conocimiento de la naturaleza de los lugares, juegan papeles fundamentales en la concreción de una identidad.”

Guggenheim, Bilbao
Fotografía: txlopez, vía Pixabay

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