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Clima y paisaje: continuidad o contradicción

A lo largo de los siglos nuestro planeta ha sufrido diversos cambios climáticos. Desde la era del hielo, han ocurrido diversos fenómenos naturales que cambiaron la faz de la Tierra, obligando a las especies terrestres y marinas a adaptarse a un nuevo entorno para sobrevivir. Durante este proceso, muchas de ellas han desaparecido y otras han evolucionado y cambiado sus formas para ser capaces de adecuarse a este nuevo ambiente.

Sin embargo, durante los últimos 20 siglos han sido las actividades humanas las que mayormente han provocado un cambio en el clima, derivado principalmente de la industrialización y del cambio de uso de los suelos (generalmente producto de las necesidades comerciales y del aumento de la población), ocasionando por un lado daños estructurales en el paisaje (como la deforestación y la desaparición de montes, montañas y territorios del subsuelo ocasionados por actividades como la minería, la ganadería y la agricultura) y por otro un aire menos puro, un aumento de la temperatura global de la tierra y su consecuente escasez de agua.

La demanda desmedida de los recursos naturales (la tala de árboles en particular), han desolado casi una tercera parte de las áreas boscosas del mundo, destruyendo bosques que generaban lluvia, purificaban el aire y dotaban de climas templados a distintos puntos del planeta. Adicional a esto, ha habido un aumento en la desertificación (invasión de los desiertos en tierras fértiles) causada por la destrucción de las selvas tropicales, lo que reduce la capacidad agrícola de varios países.

La deforestación puede causar desertificación, erosión del suelo, menor rendimiento de cultivos, inundaciones, aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, por lo que es un factor importante para el cambio climático.

 

Miles de troncos apilados en hileras en un patio maderero a las afueras de Nelson, una ciudad de la Isla Sur de Nueva Zelanda. 
Fotografía: Petra Leary (@petraleary ), http://www.dailyover view.com/seventy.

Los bosques llevan el agua subterránea a los lagos y ríos, donde se evapora y produce ciclos de lluvia. Sin árboles, el clima local se vuelve más seco. Cualquier tierra que esté deforestada, o sobreexplotada aumenta el riesgo de desertificación. A medida que estas áreas secas se expanden, retroalimentan el proceso de cambio climático y aceleran la transformación de la Tierra, favoreciendo sus efectos devastadores. Otro efecto negativo es la acidificación de los mares causada por el CO2 atmosférico que, al mezclarse con el agua del mar, la vuelve más ácida, lo que destruye la ecología marina y pone en riesgo la vida de peces y especies acuáticas.

La causa principal del cambio climático es el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero (GEI), especialmente dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. Estos gases se emiten principalmente como resultado del comportamiento humano, como la quema de combustibles fósiles para producir energía. La construcción de edificios y el uso de energía representan más del 30 por ciento de las emisiones en todo el mundo, mientras que el sector del transporte es responsable de otro 30%.

 

Los Protocolos de Kioto y Copenhague y la Conferencia de París.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) fue adoptada en Nueva York el 9 de mayo de 1992 y entró en vigor el 21 de marzo de 1994. Permite, entre otras cosas, reforzar la conciencia pública, a escala mundial, de los problemas relacionados con el cambio climático.

En 1997, los gobiernos acordaron incorporar una adición al tratado, conocida con el nombre de Protocolo de Kioto, que cuenta con medidas más enérgicas (y jurídicamente vinculantes) para los países participantes.En 2010, la Conferencia de Cancún fue importante para asegurar que se llegara a compromisos políticos para enfrentar el cambio climático. Dentro de los ejes logrados en los acuerdos de Cancún resalta la creación del Fondo Verde para el Clima para proveer financiamiento a proyectos y actividades en países en desarrollo. Adicionalmente se acordó la operación de un mecanismo tecnológico para promover la innovación, desarrollo y difusión de tecnologías amigables al clima.

Por último, el Acuerdo de París tuvo como objetivo “reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, en el contexto del desarrollo sostenible y de los esfuerzos por erradicar la pobreza” mediante tres acciones concretas:

  • Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2°C con respecto a los niveles preindustriales.
  • Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, de un modo que no comprometa la producción de alimentos.
  • Elevar las corrientes financieras a un nivel compatible con una trayectoria que conduzca a un desarrollo acorde al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero.

 

 

El nuevo clima y el paisaje

Los futuros aumentos de temperatura representan un gran desafío para nuestra civilización. El paisaje ha cambiado y seguirá transformándose: áreas boscosas se han convertido en desiertos, montañas perenemente nevadas ahora son verdes, miles de kilómetros de costas han perdido sus playas y ahora forman parte del mar. Muchas hectáreas de selvas ahora son terrenos yermos y sin duda esta tendencia continuará por más esfuerzos que se hagan.

El paisaje, que tiene la invaluable capacidad de adaptarse e irse transformando, puede y debe ser utilizado como una herramienta fundamental que permita reducir el cambio climático y sus efectos.

Por ejemplo, las ciudades pueden disminuir su temperatura sembrando árboles y generando áreas verdes que aumenten el grado de sombra y la humedad, reduciendo la temperatura ambiental.

En las costas, la conservación y plantación de manglares que protegen de la erosión los paisajes costeros está funcionando también para resguardar las especies animales y vegetales en peligro de extinción, además de proveer un entorno propicio para la agricultura y nuevas actividades comerciales.

Para contrarrestar la amenaza de la desertificación, países como China están plantando una “pared verde” (barrera de árboles) de 5,700 kilómetros de largo para conservar los límites de sus los terrenos agrícolas. Desgraciadamente, otras naciones carecen de recursos que les permitan adoptar medidas como estas y ya están sufriendo las consecuencias en forma de hambruna.

Esto nos lleva a la conclusión de que es urgente que se continúen tomando medidas a todos los niveles y en todas las escalas, que permitan conservar los paisajes en los diferentes lugares del mundo, con el fin de salvaguardar las especies que los habitan y seguir manteniendo el delicado equilibrio ecológico que permite la vida y el desarrollo de la civilización.

Las diferentes disciplinas deben trabajar juntas y verse apoyadas por políticas nacionales e internacionales para disminuir en lo posible el fenómeno del cambio climático, pero tienen un papel primordial los arquitectos urbanistas y paisajistas, ya que está en sus manos proponer soluciones eficaces para mejorar el medio ambiente mediante diseños congruentes, eficaces, sustentables y adaptados a cada contexto geográfico y cultural del planeta.

Algunos participantes del Proyecto de Desarrollo de la Resiliencia al Cambio Climático de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.
Fotografía: Carson + Co Global, http://carsoncoglobal.com/case-studies/usaid-ccrd/

De los seres humanos, custodios de nuestro planeta, dependerá que el cambio climático sea un reto superable que dé sentido a un comportamiento responsable y benévolo con el entorno. Cada uno desde su especialidad y conciencia ecológica deberá lograr que este fenómeno se convierta en una continuidad para el bienestar del planeta y no una contradicción que acabe por destruir los paisajes y la vida tal y como hoy los conocemos.

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