¿Cómo la crisis de COVID-19 ha afectado nuestra forma de habitar los espacios y qué impacto tiene en el diseño?

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Es tarea central del paisajista analizar y comprender el ámbito donde toma decisiones. En palabras de Patricia Johanson, entender el “set de condiciones que hacen que un sitio sea único”.

Por ese motivo, cada proyecto en el que participé me fue develando con diferente grado de profundidad, o de claridad, que se requiere un nuevo acuerdo entre el hombre y la naturaleza, ya que hay mucha evidencia de que no se están tomando decisiones sensatas al respecto.

Ya en 1988, en un encuentro de paisajistas en la ciudad de Salto, Uruguay, había clara conciencia de esto, y se concluía que “las intervenciones, la mayoría de las veces drásticas, por las políticas y tecnologías adoptadas, constituyen agresiones al medioambiente, por lo general irreversibles”.

La corteza de la tierra es un mosaico y cada sitio que lo compone debe entenderse como un lugar de fuerzas agitado por tensiones contradictorias, donde el dinamismo y el cambio es la regla. Nuestro continente, en particular, es tan vasto como heterogéneo y coexisten en él infinidad de modos de habitarlo.

Desde mi comarca (más desde mi ventana) es muy difícil entender otras realidades más allá del discurso más o menos predominante de los grandes medios de comunicación o de las nuevas redes que ofrecen visiones parciales. Incluso a solo unas pocas cuadras de mi casa, algunos códigos me resultan incomprensibles. La injusticia y la desigualdad están instaladas. En este contexto, entiendo la pandemia como una evidencia más de este proceso.

Los conceptos de Alexander Von Humboldt hoy nos golpean la puerta: en este planeta todo está interrelacionado estrechamente. Nada es gratis. La pandemia es un duro recordatorio de esto. Con COVID o sin él, el trabajo del profesional del paisaje debe incluir todas las variables y considerar las necesidades de todos los involucrados – los que tiene voz y los que no la tienen – y entender al hombre como un componente más del sistema.

En mi opinión, el hombre debe recomponer el vínculo de amor que alguna vez lo unió a su tierra, el sentido de pertenencia que genera identidad. En este marco, los paisajes serían coherentes en todas sus dimensiones y el hombre recuperaría su dignidad y su humildad.

En nuestro continente no existe una conciencia clara del concepto de paisaje y menos aún del profesional idóneo para actuar en él. Quizás sea porque tenemos muchas necesidades o demandas insatisfechas y una sensación de urgencia que no nos permite ver los efectos de nuestras acciones. Por ello, es imprescindible reforzar los sistemas educativos y sumar visiones holísticas junto a las especializadas, para lograr comprender la importancia de “incluir nuestros actos, cuidadosa y sensatamente, en la cantera ilusionista del paisaje” (Carlos Pellegrino, comunicación personal).

En mi opinión, si en algo debemos ajustar nuestros diseños, es en relación a la base teórica que da sustento a nuestras intervenciones, volviendo a visitar a los autores clásicos, (A. Humboldt, K. Lynch, Ian Mac Harg, Garret Eckbo, Yi Fu Tuan, Amos Rapoport, Anne Spring, Jane Jacobs, entre otros) y reflexionar sobre nuestra responsabilidad ética.

Ing. Agr. Rafael Dodera

Si bien es verdad que la crisis de COVID-19 ha llevado a los seres humanos a
través del planeta a vivir en un ritmo lento, algunos argumentan que su impacto es mayor, muy variable según el lugar; hemisferio sur, norte, urbano, rural, así ha sido la pandemia, como un lente que revela el estado de las cosas. La crisis del habitar de calidad, de la dependencia alimentaria, de la equidad relativa de un espacio público, saludable, accesible a todos.

Y particularmente del desequilibrio inminente de los sistemas naturales, en ruptura con nuestros modos de vida y de consumo, que bien sabemos son la base de la crisis mayor, la del cambio climático y su ritmo acelerado. Si miramos atrás, en el siglo 19, en el apogeo de la industrialización, las ciudades son densamente pobladas e insalubres.

El movimiento higienista que reivindica la salud de la ciudad y sus habitantes como fenómeno social, influye entonces sobre su urbanismo y particularmente sobre el City Beautiful Movement. Este buscaba además de hacer que las ciudades sean más saludables y ordenadas, dar forma al paisaje urbano de manera estética en la búsqueda de un cierto orden social, para beneficio de todos, con sus amplios bulevares verdes, parques urbanos, espaciosas plazas públicas.

Bajo esta luz, quisiera pensar que la crisis de COVID-19 nos lleva a reimaginar la relación estética entre lo social y la forma física de nuestras ciudades más allá de sus partes funcionales, en un todo como verdaderos sistemas vivos, interdependientes, reposicionando un diseño del espacio resiliente, abierto, multifuncional, flexible, que facilite la distancia física pero no social como una cultura urbana de la nueva normalidad.

Arq. Psj. Raquel Peñalosa

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